Pero lo peor de vivir en un pueblo es ver como las personas ancianas (la gran mayoría) con las que has compartido tu tiempo, con las que has establecido amistad y con las que has conversado tan gratamente se esfuman, tan rápido que a uno no le da tiempo de autoconcienciarse de la pérdida. Cuando tañen las campanas, solo puedes esperar para saber el nombre del fallecido/a y ,es en esos minutos antes de la noticia cuando tu cerebro se sumerge en un mar de recuerdos sin dueño. Te dicen la noticia. Te asombras (fingiendo o sin fingir). Tu mente se nubla y por unos instantes eres incapaz de razonar las más sencillas ideas, pues acabas de descubrir, o redescubrir, una de las preguntas racionales más arcaicas: la razón de la existencia. Es entonces cuando te das cuenta de lo efímera que es la vida y, aunque sabes que no vas a hacer nada para remediarlo, sigues reflexionando sobre ello hasta que la idea se disipa poco a poco de tu mente.
Pasado un tiempo, no te acuerdas de nada: ni de su nombre, ni de su casa,.... De nada. Pero cada vez que encuentras algo que lo/a relacione, vuelven a ti los recuerdos de su existencia. Solo eso. Toda una vida en una sola frase: De mis cenizas, surgirán los recuerdos; de mis recuerdos, surgirá el olvido.
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