El tañido triste de las campanas
me anunció tu salida del monasterio.
La tinta de mi pluma se vuelve ahora negra;
la belleza más recóndita se desecha de su capa de misterio
y el sol como medio para su consuelo apaga el alba de esta mañana
para no ver a la dama yerta.
Su mano tocó la pluma con
la que estos últimos versos ahora escribo.
La rosa y la esperanza que verso y alma
habían creado, se deshojan ahora en armonía.
Muerte y hastío se hacen uno solo,
llora un cuerpo, descansa una reina.
Por desgracia, ahora yaces en el cementerio de los sueños rotos,
en la tumba de las ilusiones olvidadas…
¿Es este tu final? Jamás. Jamás romperá lo material este soñador corazón
pues, aunque ahora permanezcas entre lágrimas enterrada,
no faltará un segundo en el que esta vieja pluma suspire delirios
hasta que de su descanso vuelva mi imaginación.
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